Sunday, May 5, 2013

Carta abierta a Noé Jitrík

First published on L(a/e)nguage / L(e/a)nguage on 7.13.2008

Querido Noé,[1]

Cuando primero te conocí, fui tu estudiante, guía turístico, y de vez en cuando, chofer. Eso fue hace diez años, más o menos. Aparte del tiempo, eso también fue hace muchos libros. De los que hemos compartido, recuerdo tres textos que leímos en clase: Sombras suele vestir de José Bianco, Morirás lejos de José Emilio Pacheco, y La vida del ahorcado de Pablo Palacio. Los tres fueron de lo más extraños para mí. Hoy puedo presumir ser propietario de la Obra Completa de Palacio, aunque mi tomo está un poco dañado por un accidente de ex-novia y de lluvia. ¿Tienes algún cuento favorito de ese autor? El mío es “La doble y única mujer”. Es que el personaje me lleva; esa doble mujer, con cuatro brazos y cuatro piernas, con dos cabezas muy a lo Jano, mirando hacia atrás y hacia enfrente o viceversa, o en el tiempo, o viceversa en el tiempo, con dos cerebros y dos historias compartidas en el mismo espacio pero no sentidas de la misma forma, dos memorias grabadas en antipoesía testimonial, siempre en la presencia de la otra, unidas por la columna vertical, y que se enamoran, las pobres, del mismo hombre, hasta no llegar una a conquistar a la otra, me lleva. Pero no te escribo para contarte de mis cuentos favoritos. Te escribo para contarte que si antes no te endendía cuando me hablabas de leer a través del texto, ahora he descubierto, quizás, el motivo.

Me remonto, de principio, a confesar que he leído tus Notas sobre la vanguardia latinoamericana de las cuales he sacado injustas conclusiones, pues temo que las he hecho sin ayuda y sin cuidado alguno, pues me dejé llevar por el espíritu de la vanguardia a inventar formas de entender y de leer, pues te he leído hacia atrás y hacia adelante, cada otra palabra, cada renglón tres veces cada palabra dos, una y otra vez, y, quizás, mucho más injustificablemente aún, sin dejar de lado a Lacan—y algunos dirían que ni a Borges. Pretendo por lo menos prescindir de la incoherencia aunque no de la automaticidad de mi palabra y de pensamiento.

Con esto en mente, te comento, por ejemplo, que me causó mucha curiosidad tu contención “cultural” en cuanto a la vanguardia. Noté, diríamos, sólo por darle nombre a esa “forma”, una cierta dependencia marxista. De la misma manera se podría también concluir que hay cierta tensión con el psicoanálisis que tanto se ha pretendido labrar como trasfondo crítico, por no decir elemental, de varios de los autores, por ende, canonizadores de sus respectivos creacionismos. En tus Notas se puede leer esa intención de creer—¿o crear?—la intencionalidad anarquísticamente política de un arte de ruptura a la misma vez que una abogación por entender al dicho autor de vanguardia, o vanguardista, como el trabajador de vanguardismo. Te preguntas tú, “¿cuál es, históricamente, la relación que existió y existe entre el vanguardismo, en sus diferentes manifestaciones, y la política?” Concluyes que el vanguardismo, a la misma vez que establece un nexo, diríamos, inconsientemente “natural”, también es “manifestación de conciencia” que “posee una época”. Mantienes que ese “cruce entre producción y naturaleza”, ya sea causa o intencionalidad del movimiento de vanguardia, tiene efectos históricos, sin duda, inegables, aunque bien apuntas que hay por ahí algunos vanguardismos que no emergen de una “crisis” sino de la “bonanza” cultural de época.

Los movimientos vanguardistas, entonces, tienen compromisos políticos. Dices tú que “se entiende […] que toda vanguardia se [plantea] una estrategia, palabra con la cual […] más que implicar una disrupción, se quiere señalar que se prepara una planificación con una finalidad, con una disposición de medios, con una evaluación de recursos y un tiempo de empleo”. También mencionas, muy inteligentemente, que todos aquellos movimientos de ruptura llegan, con el tiempo, a formar parte del “stablisment”, o a acoplar un nuevo entendimiento político forjado en la fricción que se produce por la crisis. En ese forcejeo, el lenguaje “sufre dos tipos de operaciones”: la “des-trucción, prosódica, sintáctica y semántica” y el “des-cubrimiento de lo que está tapado, adulterado por la cultura contra la que se lucha”. Hay un juego entre “intuición” y “análisis” pues todo intento de inovación tiene por concreto un lazo con su historia tanto con su lingüística. Por esto, “la ruptura a que se consagra la vanguardia […] no es nunca o casi nunca solamente ruptura de un sistema poético; es más, quizás ni siquiera en los que se proponen tal cosa llegue a romper efectivamente el sistema poético contra el que combaten, pero la decisión de ruptura, que no se deja de formular, va más allá, alcanza a la cultura misma”. Ese lenguaje se remite a “re-des-cubrir núcleos semánticos originales”, a “parodiar” o a “extender” las “funciones” de palabras, pues las palabras siempre “arrastran” y “determinan” su implacable energía semántica” “impidiendo el momento dialéctico de la creación pura”. De esta manera el vanguardista también es revolucionario, pues se dedica a recuperar los sentidos—¿significados?—negados por la cultura. Ese plan, es lo que tú llamas “el problema principal del vanguardismo” o la “ ‘articulación del deseo’ que, a su vez, no puede aparecer como tal sino como metáfora”. A la misma vez, la pluralidad de metáforas, esa “riqueza” vanguardista, manifiesta esa insatisfacción con el propósito mismo de la vanguardia, el deseo de llenar el vacío; el acto poético vanguardista, entonces, es a la vez inovación y vínculo “dialéctico” con el pasado tanto como con el presente.

De allí, nos brincamos al surrealismo, como si este fuera una piscina, y el lenguaje un trampolín. En cuanto a la vanguardia, dices que existe un “conflicto” “entre automatismo verbal—liberado—y control verbal—regulado”. También mencionas, en mi opinión, muy precipitadamente, “que existe en ese movimiento”, tanto como en el psicoanálisis, “una conciencia clara de la existencia del inconsciente cuyas manifestaciones se trata de comprender y expresar y, por añadidura, convertir en materia estética y verdad”. En realidad, no entiendo que tenga que ver todo esto con la “distribución entre lo ‘lírico’ y lo ‘geométrico’”, pero difiero de tu análisis pues no puedo llegar a pensar que el lenguaje tenga esa función “discursiva” que dices se remite a crear una “producción específica y precisa”, pues el lenguaje, por su mera inconsistencia y encarnación inconsciente, aunque aspire a crear—¿o creer?—una verdad, siempre se queda ralo en su intento. El psicoanálisis, por otro lado, nunca trata de crear o descubrir “verdades”, ni siquiera de producir “estética”, sino más bien de entender el lenguaje en el que se comunica cierto trauma tanto como la comunicación que desplaza para entender la sujetividad. Si la poesía no puede “prescindir del discuro”, o sea de la función general del lenguaje, el psicoanálisis no puede prescindir de esa noción de que “la verdad” o “lo verdadero”—si en realidad existe—es el vínculo directo con la estructura del sujeto, y no el sujeto mismo. En Lacan, no hay “regreso” al origen sino a través de la psicosis o el jouissance femenino, pero, tal vez por eso lo dejaste “de lado”.

Si la propuesta misma de literatura automática sujeta o encadena al producto literario a cierto mecanismo—por no decir estructura—de producción, creando a la vez “nuevos significados” o “funciones lingüísticas o gramaticales”, también se presupone que el lenguaje está jugando dentro de una matriz específica del saber—ya sea cultural, económico, político, geográfico, ecológico, psicológico, lingüístico, o “epocalógico” o cualquier otra combinación—que puede conjeturar ideas o formas de nuevos pensamientos, es decir, de nuevas palabras, o entendimientos de ellas. Pero todo el lenguaje es así, el origen, de nuevo, ese primer fonema es inalcanzable. Todo, se podría decir—por lo menos en el lenguaje que produce diálogo y comunicación, tanto como (des)entendimiento y/o (dis)locación—ha sido antes de ser por primera vez en el lenguaje del sujeto. El lenguaje es aún precedido por la necesidad de ello, por lo que Lacan llamaría el “deseo del otro”. No creo, que el discurso marxista se pueda separar del psicoanalítico en esta contienda. La historia, el espacio cultural, político, social, y ecológico contribuyen al lenguaje del entendimiento psicológico del sujeto en su contexto—tanto como en el contexto del analisante.

Pero, después de todo, Lacan es sólo un telescopio apuntando a ciertas regiones del espacio. El leer “a través” es, de esta manera, también un telescopio y la doble y única mujer es la metáfora de la vanguardia.
Con mucho extrañamiento de tus lecturas,

Fabio Chee
Irvine
Marzo, 2008


[1] En Austin, un lugar que llegué a conocer desde el interior de la bestia, me enseñó un poeta gordo y barbudo, pero muy buena onda, a decir “querido”, pues “estimado”, decía él, era una forma de huír

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