Friday, April 11, 2014

Throwback Thursday on a Friday: an old cuento from the dead blog (11/14/2007)

La casa

Una partición del librero que fabricó en una pared de la casa contenía una caja de madera semi ovalada, la cual se abría hacia arriba para revelar varios artefactos sin sentido para nadie, tan sin sentido como la pequeña navaja anaranjada junto a un listón morado enlazando un mechón de cabello de mujer rubia, los cuales se encontraban en el cajón secreto de la caja. Ella tomaba la mitad de la partición. La otra mitad la contenía una pequeña colección de las Mil y una noches, los tomos 1, II, III, IV, VIII, 10, XIII, XVI, y XVII, para ser preciso, y un libro que cubría detrás de él al Harrap’s Super-Mini French And English Dictionary, The Oxford Portuguese Dictionary, el The Birth of Tragedy and the Genealogy of Morals de Friedrich Nietzche, y una copia de The Monkey Wrench Gang, la cual, en realidad, era la segunda copia, pues el libro que los cubría también era de Abbey, pero esta se había seleccionado por su contraportada, la cual leía, “Oh my desert, yours is the only death I cannot bear.”

La construcción de la casa era con lo cuál se había obsesionado. Le decía a su amigo mientras se sentaba a la mesa mirando a los libros, “…el arte tiene que ver con el momento. Es el sentir de las cosas lo que el arte como ninguna otra cosa puede expresar; ya sea música o caricatura, es el sentimiento, que se encuentra en la comunicación entre el objeto y el íntimo entender del sujeto… el arte nunca es objeto solamente.” Le contó todo, bueno, no ese “todo”, sino el “todo” sobre la casa. Le dijo, por ejemplo, que le dio mucho gusto ver las puertas de la alacena así como estaban, en el suelo, recargadas en la madera, mientras se les secaba la pintura verde. El verde en las paredes, y en el piso; era una granja verde, le decía. De madera y vida, como una casa de árbol, como árbol, precisamente.

Le contó de la escalera, de como fue que le tuvo que poner refuerzos para sostener el gran peso de una familia. Y le dijo aquél que escribiría un cuento sobre su casa, y en eso empezó a sacar notas: que “el compost toilet”, que “las mangueras para conectar la tubería de la tina exterior”, que “la cocina de gas butano”, y que “el mezzanine” y el tal “futón”.

“Eres un rascuache,” agregó con una carcajada.

El dueño de la casa se rió cuando le vio hacer a aquél unos dibujos para recordar cómo escribiría sobre ella.

“No escuchaste, hombre,” le dijo con una sonrisa.

“No tiene nada que ver cómo funciona en un registro u otro; la casa no se podrá escribir por nadie. La casa es el objeto. Ven y siéntate en él, eso sí, leéte una novela del librero, disfruta algo de música mientras te fumas un porro conmigo, acuéstate en el mezzanine, prepárate algo de comer en la estufa al aire libre o en el corazón abierto, no sé tú… lo que quieras, ¿sabes? Pero si intentas describirla, de fotografiarla, de pintarla en un cuadro, de escribirle una canción, ya habrás perdido algo.

“Mira,” le indicó hacia el librero. “¿Qué ves?”

“Libros,” le contestó.

“Sí. ¿Y qué tal si de pronto en vez de ‘libros’ pones ‘librero’? O, ¿qué tal si de pronto te cuento lo que todos estos libros significan para mí, si te voy revelando intimidades? ¿Si te digo que esta partición, por ejemplo, con esta caja y estos libros son en realidad dos personas que comparten el mismo nombre y los mismos espacios dentro de mí, que soy otra casa? ¿Si te doy la llave de una metáfora perdida? ¿Si te doy mi cuento? El cual, por cierto, no es más que una lectura. ¿Cambiaría entonces la música de fondo? ¿A qué ritmo me escribirías? ¿Seguiría siendo la casa la misma casa?"

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